jueves, 16 de enero de 2014

2014 - De aviones: un amor desinteresado



 
 "Amores  desinteresados" – Goethe

Enrique  M.  no es solo un nombre, representa un encuentro, un encuentro cálido, un sí a la vida, cuando siempre decía no. 
El encuentro fue curioso, he aquí el relato.

Viajaba de regreso  de Santiago a Guadalajara, seguramente cansada de un viaje de trabajo, una espera en los aeropuertos, una despedida a Santiago de Chile tan encantador, con su gente tan cercana, y ¡Tanto que nos quieren a los mexicanos!

Estando arriba del avión, recuerdo que solo veía un grupo de gente  (la mayoría hombres), que subieron casi al final del abordaje. Yo ya estaba instalada en mi “asiento de pasillo” que es mi preferencia en los viajes, por eso de poder moverme y algo de claustrofobia.

Entonces vi que varias personas se empezaron a acomodar en diferentes lugares distribuidos en la cabina, parecía que era un grupo que iban de viaje de negocios: traían portafolios y documentos, me llamó la atención algunos tubos para guardar, quizás planos, o dibujos (obras de arte no creo no parecían artistas), entonces noté que había una especial deferencia a un señor que venía con el grupo, quizás el mayor del grupo.

En ese momento  no presté más atención a su persona, solo a un montón de tubos como de un metro que venía cargando con él, y pensé - Solo me falta, que se siente conmigo, con ese montón de tubos-
Poco me importaba el afecto y atención que todos le mostraban.

Entonces sucedió el encuentro: se acerca a mi asiento y de la manera más cortes y educada me dice – Señorita, me permite pasar a ocupar mi asiento, siento importunarla con este cargamento de tubos que me acompañan, espero no afectarle demasiado-
(¡Santo choque, quedé perpleja!) Parecía que me había adivinado el pensamiento.

Ante tanta amabilidad, no me quedo otra más que responder de la misma forma
– Claro que no, adelante-  y me levanté de mi asiento  para que se acomodara.
Se sentó, acomodó los tubos en la parte de adelante, se abrocho el cinturón y hasta entonces me fije quien era mi acompañante de ese vuelo.
No recuerdo bien a bien su físico, quizás ahora lo imagino y lo supongo, pero lo que sí no olvido es que era un hombre maduro, podría haber tenido entre 65 o 70 años, bien cuidado, ¡olía bien! seguramente limpio, porque de no ser así lo hubiera notado.

Entonces empezaron a desfilar uno a uno los del grupo – Dr. ¿Esta usted bien?,  Enrique, ¿todo bien?, ¿Se te ofrece algo?-
 y él solo sonreía  como diciendo – No me cuiden tanto-.
Entonces llego una sobrecargo y con la mejor de sus caras le dijo  – Señor, no puede llevar esos tubos ahí, ¿qué le parece si los acomodamos al frente en el compartimiento de abrigos?-
El siempre educado, agradeció y la sobrecargo partió con todos los rollos, eliminando de tajo la molestia del principio que me había ocasionado.
Entonces ya era más mi curiosidad -¿Quién será  este señor tan importante, que todos cuidaban y no hallaban que hacer para complacerlo?

Despegamos, siempre me pongo algo nerviosa y me persigno cuando voy a despegar. El volteo, me sonrió, creo que dijo – ¿Un poco nerviosa?-  y yo asentí con la cabeza, era obvio que no quería conversar mucho. No importa el número de viajes; la sensación de volar siempre me produce algo de ansiedad, emoción y algo de temor, volar, sentirme en los cielos.
Pero poco después de que despegamos, continuó con la conversación: -¿Qué hace una señorita como usted en un vuelo tan largo, de negocios o de placer?
Le contesté – De trabajo- y ahí empezó la platica, seguramente él conocía el placer de su conversación… la plática siguió por muchas horas, en un vuelo de más de nueve horas, incluyendo intervalos, comidas, dormitadas y conversar de nuevo.

Básicamente me enteré de quien era y cómo  me cautivó su conversación: ¡Árboles!

Era un médico (dentista), vivía en una ciudad de la provincia de Chile, pero como actividad adicional participaba en un programa de “Reforestación planeada” en Chile; un  programa de cómo generar producción de madera planeada, sin destruir los bosques. Cómo sí se podía crear bosques cultivados, que produjeran la madera necesaria, sin necesidad de destruir los bosques. Con toda humildad me informó que era el conferencista principal y que iban a Portland a un encuentro mundial de Reforestación planeada.

Aquí, ya era totalmente cautiva de sus palabras, él quizás no lo sabía, pero yo sí: El arma  de seducción más poderosa para mi son las palabras, las mentes inteligentes y un proyecto sustentable era música para mis oídos.

Creo que yo también platiqué quien era y como siempre, causaban impacto las tres palabras juntas: Mujer-Ejecutiva-IBM.  En ese entonces yo andaba por los 30s y me dijo –¡ Qué joven eres, para todo lo que has hecho!- solo recuerdo un encuentro memorable, una plática deliciosa y un caballero sentado al lado mío.

Me contó sobre su familia, de sus hijos y creo que de algún nieto en camino. En ese entonces no se usaba tanto el e-mail, intercambiamos tarjetas y se despidió cortésmente, no sin preguntarme si podía decir algo personal y atrevido (Yo pensé, que me querrá decir) y solo me dijo: Permita mi atrevimiento y decirle que es usted una mujer muy bella e interesante y que tiene en mi un ferviente admirador.

Durante el transcurso del vuelo me invito cuando regresara a Chile a ir a su ciudad y visitarlo a él y a su familia. Nunca se dio, los viajes de regreso a Chile fueron muy rápidos y siempre muy ocupados. Recuerdo que yo le envíe algún e-mail que nunca contesto, para mi era claro que  esa tecnología no era una herramienta a su alcance.

Pero un día me llego un regalo de la vida: una carta por correo. 

En la carta me contaba de su vida en su ciudad tranquila, de su  proyecto de “árboles” que lo mantenía emocionado y joven  y también de sus hijos, de su esposa y de los nietos. Se veía muy feliz.

Pero venía un mensaje de admiración y respeto, un homenaje que me dio. No sé  en que montaña rusa emocional andaría en ese momento (muy comunes  por cierto en esa época de mi vida), pero esa carta me dio el regalo de saberme admirada, reconocida  y gustada.

Va un fragmento:

“Las mujeres hermosas, lo ha dicho Goethe, el gran lírico alemán, tienen enamorados de toda índole, incluso… desinteresados.” Mucho me gustaría que me incluyeras en la larga lista de tus admiradores dentro de esa categoría”.
. . .

Alguna vez que regresé a Chile, intente localizarlo por teléfono con la operadora, pero nunca volvimos a encontrarnos.




2 comentarios:

Hugo Sierra dijo...

Mi estimadisima Claus, que deliciosa historia !! .No cabe duda que en la vida todos tenemos ciertos encuentros que por mínimos que puedan parecer , nos marcan de manera duradera .
La atención que nos brinda de pronto alguna persona , la generosidad de un cumplido en el justo momento son cosas que nos impulsa a seguir adelante enmedio de las tribulaciones cotidianas ..pero más importante aun , nos enseña a que nosotros también podemos marcar diferencia en la vida de otras personas. Ejercitemos pues esta disciplina de interesarnos por los demás y descubrir en ellos la riqueza humana que nos rodea .
Felicitaciónes Claudia ... estoy a la espera de tu siguiente artículo !! un abrazo !

Ma. de los Angeles Meza Trejo dijo...

Hola hermanita, ¿por qué casi no has escrito en 2014? te quiero
tu pluma te necesita.